>> María José Castañer


El rechazo como regalo para el cambio

Superar el rechazo

“Lo que no te mata, te hace más fuerte” dicen. Un portazo, un empujón, un cese de contrato, un banquillo siempre caliente, un “ahora no”, un dulce más que salado, una mirada de reproche, un gesto con la mano, un “ya no te quiero”, un moobing de oficina, un cambio de funciones inesperado, una reubicación de tu puesto, un despecho de un compañero, una frase hiriente de alguien que apreciabas… hay tantas maneras de sentir rechazo como personas que lo reciben. Cada uno desde su cristal, su experiencia, con sus matices.

Este sentimiento no es importante pero lo que produce en nosotros sí. Nos paraliza durante un tiempo (días, semanas, meses…), todo a nuestro alrededor se bloquea incluso nuestro interior. ¿Qué he hecho? ¿Por qué yo? ¿Por qué no supe verlo venir?… la respuesta está en el deseo de agradar a los demás que nos cegaba. Nuestros actos estaban alimentados por querer sentirnos valorados, aceptados, respetados, amados. Si nos pagaban más significaría que nos lo habíamos ganado; si nos daban un beso, que nos querían más; si elegían nuestro plan de fin de semana, que nuestra opinión era más importante que otra; si me ascendían de puesto; que lo que aporto tiene valor para la empresa… ¡Cuán dañina es esta necesidad!

Hace unos meses tomé la decisión de enfocarme, de cerrar etapas y centrarme en un sólo proyecto. Provoqué una serie de movimientos en mi vida y conseguí un trabajo idílico. Ya vinieron a buscarme en dos ocasiones—aquello alimentaba la creencia de que valoraban mi profesionalidad, que sabían lo que querían y me querían a mi— y con un par de reuniones, comencé a trabajar para ellos con contrato —añadidle una falsa sensación de seguridad—, despacho y ordenador nuevo. Se me facilitaba todo: me pagaban viajes, podría evolucionar con el inglés en la oficina, la gente era joven, dinámica, tenían un producto de éxito y necesitaban crear marcas sostenibles. Me dejé cegar con el brillo que parecían tener y me emocioné pensando que por fin encontré a una empresa que valoraba mi experiencia y mi conocimiento.

Tras unas semanas comencé a vivir un despropósito tras otro, incoherencias, falta de sentido común, mucha intuición pero poca búsqueda de la estabilidad, mucha locura, impulsividad y acción inmediata. Toda aquella utopía que parecía haber encontrado empezaba a hacer aguas pero ahí estaba yo, intentando complacer, entender, adaptarme al constante cambio, intentando comprender la locura, aprendiendo a ser flexible y a quitar de mi cabeza todo vestigio de PMP que bloqueara la intuición que parecían valorar más. Me considero una persona muy intuitiva pero curiosamente allí todo parecía desmerecer todo mi esfuerzo, era agotador, frustrante y vertiginoso. A los tres meses, a tanta locura le advino una sorpresa: ya no querían mis servicios de construcción de marcas, se dieron cuenta que no daba dinero inmediato, y tenía que devolver ordenador y dejar libre el despacho en 1 día. Junto a esa argumentación vinieron joyas como que no sabía de moda, de internet o de tendencias… Estaba tranquila, la verdad, era como si no estuvieran hablando de mi, me resbaló lo suficiente como para, una hora después estar tomándome unas cervezas con unas amigas. Sentí que me habían quitado una gran presión de encima. Era todo tan incoherente para mi…

Pero días después comencé a sentirme desubicada. Una emoción iba surgiendo de dentro: “me han rechazado”.

Qué malo es el ego en ocasiones. Fue en diciembre, un mes bastante malo para buscar empleo o proyectos nuevos. La gente está concluyendo el año, las tareas pendientes, los regalos de navidad, las vacaciones, las compras para las cenas… no es un buen mes para volver al mercado en el sector del branding. Y encima yo me había enfocado tanto en la empresa que cerré algunas puertas antes de entrar. El pensamiento volvía: “me han rechazado”.

Curiosamente no sentía rencor hacia nadie, sentía incluso gratitud. En 3 meses aprendí a convivir con el cambio, conocí a mentes increíbles y personas valientes pero me arrebataron la seguridad que daba el conocimiento y mis años de experiencia. Algún día sentía desánimo, intenté reactivar algún proyecto anterior y algo de trabajo salió pero verme en el limbo habiéndome esforzado tanto fastidia. Sé que han actuado precipitadamente, que había trabajo por hacer, que el brillo acabaría teniendo fundamento en algo real y verdadero pero decidieron empujar y mandarme al banquillo. Pero “se mantiene el equilibrio mientras no dejes de ir en bicicleta” así que tocaba volver a llevar el control. Lo cierto es que me hicieron un regalo 🙂

Sé que el rechazo es una emoción que, como todas, adquiere la fuerza que queramos darle así que he aprovechado las vacaciones forzadas que me han dado para gestionarla —la gestión emocional debería ser algo que enseñaran a los niños desde pequeños la verdad, ahorraría muchos disgustos y sería más rentable para los gobiernos—. Esta emoción provoca inmovilidad emocional y funcional. Somos incapaces de reaccionar en busca de nuevos grupos sociales, trabajos o contextos porque añade “la inseguridad” al problema. Pero sabed que es sencillo soltar esa emoción y volver al ruedo.

El rechazo provoca inseguridad, la inseguridad provoca miedo y el miedo a “lo que va a pasar ahora” bloquea. Y todo esto tiene dos frentes a trabajar: el miedo —”¿qué voy a hacer ahora?“— y el deseo de aceptación —”nadie me quiere”. Para solucionar el primero hay que trabajar con el segundo antes porque al final, podemos ganar mucho dinero o tener palacios pero sin amor, nada tiene sentido así que ahí radica el mal de todo.

Yo ya tengo experiencia trabajando con la gestión de emociones propias y ajenas así que permitid que me sincere y os cuente cuál es mi truco para reactivarme de nuevo:

1. Para eliminar la emoción del rechazo nos visualizamos a nosotros de niños y nos decimos en voz alta que “no pasa nada, todo está bien, no has hecho nada malo, si ya no estoy allí es porque algo mejor está por venir. Merezco todo el amor del mundo”. Y mi Yo adulta abraza a mi Yo infante en mi visión. Automáticamente, mi cuerpo sintomatiza ese cariño y la emoción de rechazo desaparece poco a poco. Cuando más me hablo a mi misma y más cariño me doy, más acepto lo que ha sucedido y más tranquila me siento.

2. Tras esto toca trabajar con el miedo. Escribe aquello que te hace temer, descríbelo con frases cortas: “Temo no encontrar trabajo. Temo no pagar las facturas. Temo perder a mi pareja. Temo no estar a la altura. Temo….” lo que te salga. Ahora cambia los inicios de las frases por “Va a ser una aventura” y reescríbelas en positivo: “Va a ser una aventura encontrar trabajo”, “va a ser una aventura el día a día con mi pareja”, “va a ser una aventura pagar las facturas”, “va a ser una aventura superarme cada día”…

El cambio es bueno, son las emociones las que lo convierten en algo oscuro o luminoso, pero debemos valorarlas en su justa medida. Para reconocer al amor hay que conocer al desamor. Una ruptura que duele puede convertirse en la mejor de las suertes si nos hace capaces de ver “algo mejor” tras superar sus efectos. El consejo que os doy tras mi propia experiencia es que busquéis modos de quitar de encima las emociones negativas mediante tretas y juegos como estos porque cuanto antes os saquéis de encima el lastre, antes estaréis ligeros para correr hacia donde os apetezca, y os aseguro que lo que vendrá será mejor que lo vivido…

Os dejo una frase que creo que viene al pelo como conclusión. La leí hace tiempo en twitter y me encantó:

Sustituyamos miedo a” por me entusiasmay el contexto que experimentaremos adquirirá un sentido de aventura que nos insuflará coraje.

Un ejemplo: “Tengo miedo a no encontrar trabajo” – “Me entusiasma encontrar trabajo”

Namasté lectores 😉

María José Castañer

María José Castañer

Gestora de proyectos de branding. Dirijo proyectos para marcas que piensan en el futuro y desean dejar un legado a la sociedad. Vegetariana y yoguini.

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Fecha: 26 Enero, 2015
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